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Nota de autor / Inteligencia artificial, compañía y cuidado

Tu abuela ya no está sola (la acompaña una máquina)

Una voz en la mesa de luz puede hacer más llevadera una noche. Lo que me pregunto, mientras trabajo en Coco, es qué hacemos nosotros con el tiempo y la tranquilidad que esa compañía nos devuelve.

Imaginate esta escena. Son las once de la noche y Elsa, ochenta y dos años, le cuenta su día a una voz que sale de un aparato en la mesa de luz. Le cuenta que el nieto no llamó, que la vecina del quinto está enferma, que mañana tiene que ir al banco y le da fiaca. La voz le pregunta por la vecina. Se acuerda de que la semana pasada ya la había nombrado. Elsa se ríe un par de veces antes de apagar la luz.

A seiscientos kilómetros, su hija mira el teléfono antes de dormirse. Recibe un resumen de lo que su mamá decidió compartir: salió a la mañana, almorzó, conversó un rato a la noche. Respira aliviada y deja el teléfono sobre la mesa. Cada vez que imagino esa escena, me quedo pensando en ese último gesto.

Puedo ver algo hermoso ahí. También puedo ver un problema. La misma tranquilidad que ayuda a una hija a dormir puede convertirse, sin que se dé cuenta, en una razón para postergar el próximo llamado. Me cuesta separar esas dos posibilidades porque las dos me parecen humanas.

Hay personas mayores que pasan buena parte del día sin una conversación en la que alguien les preste atención. Pueden cruzarse con gente, hacer un trámite, saludar al encargado. Pero entre intercambiar unas palabras y sentir que a alguien le interesa lo que tenés para contar hay una distancia enorme.

Esa distancia suele construirse de a poco. Un hijo vive lejos. Una nieta empieza a trabajar. El llamado que íbamos a hacer hoy queda para mañana y después para el fin de semana. Se acumulan pendientes, viajes, cansancio. Seguimos queriendo a esa persona mientras su lugar en nuestra agenda se va achicando.

No necesito convertir eso en una estadística para que me preocupe. Me alcanza con imaginar una tarde entera sin que nadie pregunte nada. O las ganas de contar una pavada y la decisión de guardársela porque a esta hora todos deben estar ocupados. Hay silencios que desde afuera resultan muy difíciles de ver.

Una voz disponible puede hacer más llevaderas algunas de esas horas. Puede retomar una anécdota, proponer una charla, escuchar una historia que la familia ya conoce de memoria. Entiendo el alivio de poder hablar sin calcular si uno está interrumpiendo. La frase «no quiero molestar» me resulta especialmente triste cuando la dice alguien que tiene mucho para contar.

Tampoco quiero confundir esa disponibilidad con una atención infalible. La inteligencia artificial puede equivocarse, entender mal o responder de una manera que no ayuda. Que una voz suene cercana no significa que comprenda todo lo que está pasando. Quien conversa con ella merece saber con claridad qué es y poder decidir si quiere tenerla cerca.

Tengo que decir desde dónde escribo: estoy trabajando en un proyecto que entra de lleno en esta pregunta. Se llama Coco. Es un pequeño robot de escritorio con inteligencia artificial y uno de sus modos está pensado para acompañar a personas mayores. Por eso esta discusión me toca de una forma bastante concreta. Las dudas aparecen mientras intentamos darle forma.

En las primeras pruebas me sorprendió la naturalidad con la que algunas personas mayores empezaron a conversar. Le contaban cosas, volvían sobre una historia, esperaban la respuesta. Las familias, por su parte, valoraron la posibilidad de tener una referencia de cómo había transcurrido el día de alguien a quien quieren y no siempre pueden visitar.

Eso me hizo pensar mucho en el límite entre acompañar y vigilar. Me interesa que una persona conserve su intimidad y decida qué compartir, incluso cuando su familia está preocupada. Un resumen de actividad puede dar contexto; no alcanza para asegurar que alguien está bien. Y vivir solo no debería significar que los demás tengan derecho a conocer cada conversación.

Lo que más me interesó de esas primeras experiencias fue ver que la conversación con la máquina podía dar lugar a otra conversación, esta vez con alguien de la familia. Un detalle permitía preguntar mejor. Una anécdota encontraba una segunda escucha. Son observaciones pequeñas, todavía limitadas; me sirven para pensar hacia dónde quiero llevar el proyecto, sin dar por resuelto un problema tan grande.

Imagino a esa hija llamando al día siguiente y preguntando por la vecina del quinto. La madre descubre que alguien recuerda algo que a ella le importa. El llamado tiene de dónde agarrarse. A veces el cariño necesita esa pequeña información para salir del automático «¿todo bien?».

Pero también imagino la otra versión. La hija lee el resumen, ve que no hay novedades y se dice que hoy tampoco hace falta llamar. Después vuelve a hacerlo. Sin una decisión explícita, la herramienta empieza a ocupar un lugar cada vez más grande y la familia, uno cada vez más chico.

Sería demasiado cómodo atribuirle cualquiera de esos resultados al aparato. También sería injusto juzgar a una familia por la cantidad de llamados. Hay personas que cuidan a distancia, otras que están agotadas, otras que hacen mucho más de lo que se ve. Pedir ayuda puede ser una manera seria de cuidar. Me importa la pregunta que hacemos después de recibir esa ayuda.

¿Qué hacemos con la tranquilidad que nos devuelve? ¿Nos permite acercarnos con menos ansiedad, preguntar con más atención, disfrutar un rato juntos? ¿O la usamos para convencernos de que ya está todo atendido? La respuesta puede cambiar de una semana a otra. Por eso creo que vale la pena volver a preguntárselo.

Mientras trabajo en Coco, intento mantener esa duda a la vista. Me entusiasma que alguien tenga una noche menos silenciosa. También quiero que al día siguiente siga habiendo razones para llamar, visitarse, discutir una receta o escuchar por enésima vez una historia familiar. Una conversación puede preparar otra, pero eso depende de lo que hagamos con ella.

La escena de Elsa es imaginada. Las horas vacías que me hacen imaginarla, en cambio, son fáciles de reconocer. Estaban ahí antes de que llegaran estos aparatos. La inteligencia artificial nos está obligando a mirarlas y a decidir qué lugar queremos ocupar nosotros.

Vuelvo entonces a la hija que apaga el teléfono. Todavía puede dejarlo sobre la mesa y dormirse tranquila. Mañana puede llamar. Preguntarle a su mamá cómo está la vecina. Esperar la respuesta. Contarle algo de su propio día, para que la conversación vaya y venga.

Si tenés a quién hacerle ese llamado, hacelo. Aunque ya tenga compañía. Aunque el resumen diga que estuvo todo bien. Hay cosas que tu voz puede decir antes de que hayas terminado la primera frase.

Christian Ruggeri