Yo, en digital / Inteligencia artificial y educación
El profesor que no existe
Un profesor digital puede estar disponible cuando aparece la duda. A partir del caso de HBS Foundry, pienso en la posibilidad de aprender a nuestro ritmo, en las barreras que todavía existen y en lo que seguimos necesitando de un docente humano.
Las ideas y los textos son míos. En pantalla, mi avatar digital. La voz es una réplica de mi propia voz, creada con inteligencia artificial.
Texto del episodio
Hay una escena que me queda dando vueltas cuando pienso en mis hijos y en la educación que viene. Son las once de la noche. Alguien está frente a una pantalla, tratando de entender algo que durante el día le explicaron demasiado rápido. Tiene una pregunta, quizá bastante básica. Necesita poder hacerla sin sentir que está retrasando a los demás.
Todos conocemos esa distancia entre escuchar una explicación y entenderla. A veces se resuelve con un ejemplo distinto. Otras, con una pregunta que no nos animamos a hacer. Y muchas veces queda ahí, disimulada detrás de un asentimiento. Después llega otro tema, apoyado sobre lo que supuestamente aprendimos, y la distancia se agranda.
Lo que me interesa de la inteligencia artificial en la educación empieza en ese lugar. En la posibilidad de volver a preguntar. De decir «hasta acá llegué; a partir de acá me perdí» y encontrar otra forma de recorrer el problema. Me cuesta pensar en algo más humano que esa necesidad de que alguien tenga tiempo para explicarnos.
El caso que cuento en el video es HBS Foundry, de Harvard Business School. Su propuesta combina herramientas de IA basadas en docentes, práctica con avatares, encuentros con expertos reales y una comunidad de participantes. Está orientado a desarrollar proyectos y preparar conversaciones difíciles, como presentar una idea o defenderla frente a preguntas. Es una experiencia concreta de formación; no equivale a cursar una carrera en Harvard ni demuestra, por sí sola, cómo debería funcionar una escuela.
Sin embargo, me invita a imaginar lo que podría pasar en otros ámbitos. Una persona en Buenos Aires, Caracas o Bogotá podría acceder a una explicación que antes le quedaba lejos. Podría ensayar, equivocarse, volver a empezar. La distancia física perdería parte de su peso. Y para alguien que siempre sintió que ciertos lugares eran para otros, esa posibilidad tiene un valor difícil de medir.
Cuando digo «el mismo profesor», hay una diferencia que conviene hacer explícita. Un avatar puede representar a un docente y apoyarse en sus materiales; sigue siendo un sistema que produce respuestas. Su cara y su voz no garantizan que cada respuesta sea correcta ni que esa persona la haya revisado. La confianza que nos inspira un rostro conocido también exige cuidado.
Me entusiasma pensar en una ayuda disponible cuando aparece la duda. Porque las dudas no respetan el horario de consulta. Aparecen cuando intentás resolver un ejercicio solo, cuando leés una página por tercera vez, cuando empezás un proyecto y descubrís que entendías la idea general, pero no sabés cómo dar el siguiente paso. Ahí una explicación oportuna puede evitar que abandones.
También pienso en la vergüenza. En el chico que ya preguntó dos veces y prefiere callarse. En el adulto que vuelve a estudiar y cree que tendría que saber algo que nunca aprendió. En quien confunde necesitar más tiempo con ser menos capaz. Una conversación sin público podría ofrecerles un espacio para probar. Me gustaría que sirviera, después, para participar con más confianza entre personas.
Esa posibilidad tiene una condición: que la herramienta nos haga trabajar. Si responde todo por nosotros, la tarea puede quedar impecable mientras la comprensión sigue vacía. Yo querría un tutor que pida explicar un razonamiento, que proponga otro ejercicio, que ayude a encontrar dónde nos equivocamos. El alivio de terminar rápido no siempre se parece a la satisfacción de haber entendido.
Con mis proyectos me pasa que una explicación recién se vuelve propia cuando puedo usarla sin repetirla de memoria. Puedo leer, escuchar y tomar notas; después tengo que hacer algo con eso. Por eso me importa tanto la práctica. Me interesa una tecnología que nos permita ensayar más y revisar mejor lo que hacemos, incluso cuando el primer intento resulta bastante flojo.
El idioma es otra parte de esta conversación. Poder pedir una explicación en la lengua en la que pensamos puede acercarnos a un tema. Eso no vuelve innecesario aprender otros idiomas, ni asegura que una traducción conserve todos los matices. Pero imagino cuánto podría cambiar una primera aproximación si, además de aprender algo nuevo, no tuviéramos que luchar todo el tiempo con las palabras.
Ahora bien: acercar el conocimiento no significa que todos hayan llegado a él. Hacen falta conexión, un dispositivo que funcione, tiempo, cierta tranquilidad para sentarse a estudiar. También hacen falta recursos para pagar cuando el acceso tiene precio. Una herramienta puede estar disponible en internet y seguir siendo inaccesible para una familia. La geografía no es la única distancia que hay que recorrer.
Por eso quiero detenerme en una frase del video: «la excusa se terminó». Mi intención es interpelar a quienes sí tenemos acceso y seguimos postergando el intento. Esa frase necesita ese contexto. Sería injusto dirigirla a quien no puede conectarse o está tratando de resolver necesidades mucho más urgentes. La responsabilidad personal existe dentro de condiciones que no elegimos todos por igual.
Tampoco daría por hecho que algo caro hoy va a ser accesible para todos mañana. Ojalá ciertos costos bajen y estas herramientas lleguen más lejos. Para que eso ocurra harán falta decisiones: cómo se distribuyen, qué apoyo reciben las escuelas, quién acompaña a los alumnos, qué alternativas hay para quienes quedan afuera. Una oportunidad tecnológica todavía necesita convertirse en una oportunidad real.
Y entonces vuelvo al docente. Pienso en lo que pasa cuando alguien conoce a un alumno lo suficiente como para advertir que ese silencio de hoy es distinto. En una devolución que tiene en cuenta meses de trabajo. En la confianza que se construye estando. Me gustaría que la IA ayudara a liberar tiempo para esas cosas, y que evaluáramos su utilidad también por lo que les permite hacer mejor a los profesores.
Los compañeros tienen su propio lugar. Aprender con otros implica escuchar una pregunta que no se nos había ocurrido, discutir una respuesta, descubrir que otra persona también está perdida. Hay algo valioso en tener que hacerse entender por alguien que mira el mundo de otra manera. Una educación cada vez más personalizada debería cuidar esos encuentros, para que personalizar no termine significando estudiar siempre solo.
También me importa que podamos preguntar quién responde por lo que enseña el sistema. Cómo se corrige un error. Qué ocurre con las conversaciones que guarda. Qué límites tiene, especialmente cuando lo usa un menor. Son preguntas que tendría presentes al elegir una herramienta para mis hijos. El entusiasmo merece convivir con la posibilidad de revisar, comparar y decir: esto todavía no funciona bien.
Yo mismo aparezco en este episodio a través de un avatar y de una réplica de mi voz. Uso esa forma para compartir ideas y sostener proyectos que, de otro modo, me llevarían mucho más tiempo. Lo que quiero decir y lo que decido publicar siguen siendo responsabilidad mía. Esa distinción me importa también cuando pienso en un profesor digital: detrás de la representación tiene que haber personas que se hagan cargo.
Cuando pienso en mis hijos, quiero saber si comprendieron, si pueden formular una pregunta mejor, si se animan a reconocer lo que todavía no saben. Una respuesta rápida puede ayudarlos. También puede acostumbrarlos a no detenerse. Me gustaría acompañarlos en esa diferencia, porque aprender a usar estas herramientas va a requerir criterio, práctica y conversaciones bastante humanas.
La escena de las once de la noche vuelve entonces con otra posibilidad. La pregunta que iba a quedar sin hacer encuentra una explicación. El alumno prueba de nuevo, descubre dónde se había perdido y puede seguir. Tal vez al día siguiente llegue al aula con algo para discutir. Ese pequeño cambio, repetido muchas veces, es el que me interesa explorar.
¿Le daría a mi hijo un profesor que no existe? Le daría la oportunidad de aprender con una herramienta así, sabiendo qué es, acompañando su uso y mirando sus resultados. Me entusiasma imaginar a alguien que antes se rendía frente a una página y que, esta vez, decide quedarse un rato más. Tiene otra pregunta. Y todavía tiene ganas de aprender.
Referencia del caso mencionado: HBS Foundry, Harvard Business School — https://www.hbs.edu/foundry y https://hbsfoundry.org/. Este texto amplía la reflexión del video; no es una transcripción literal.