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Nota de autor / Inteligencia artificial, representación y responsabilidad

¿Y si tu diputado fuera una IA?

La idea de una inteligencia artificial que nos represente abre una pregunta sobre la confianza, las decisiones y lo que esperamos de la política.

Imagino una escena bastante reconocible. A un congreso llega un proyecto de ley de ochocientas páginas. Hay poco tiempo para discutirlo. Algunos artículos modifican leyes anteriores; otros incluyen excepciones cuyo alcance cuesta entender incluso después de leerlas varias veces. En unos días habrá que votar.

Me pregunto cuántas de las personas que van a levantar la mano habrán podido leerlo completo. Cuántas entenderán todas sus consecuencias. Y cuánto de esa decisión dependerá de lo que piensan, de lo que necesita la gente que representan o de lo que les pidió su partido.

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿y si esa banca la ocupara una inteligencia artificial?

La idea tiene algo que atrae enseguida. Uno imagina un representante capaz de revisar miles de páginas, comparar antecedentes y consultar a los ciudadanos antes de decidir. Alguien sin una campaña que financiar, sin una candidatura que negociar, sin la necesidad de quedar bien con el jefe del bloque.

Entiendo esa primera reacción. También me interesa detenerme en ella. Porque la facilidad con la que podemos entusiasmarnos con semejante reemplazo dice bastante sobre lo que esperamos de la política y sobre lo que nos hemos acostumbrado a recibir.

Hay distintas maneras de imaginarlo. Cada persona podría tener un asistente que conociera sus prioridades y votara en su nombre. O podríamos elegir directamente a un sistema para representar a una comunidad. En un caso delegaríamos nuestras decisiones individuales; en el otro, le entregaríamos una responsabilidad compartida.

Me quedo pensando en la segunda posibilidad. Una banca, un distrito, una máquina encargada de representarnos.

Al principio, todo parece ordenarse. Podría ayudarnos a encontrar contradicciones que pasan inadvertidas, revisar argumentos, acercar información que hoy queda reservada a quienes tienen tiempo o recursos para buscarla. También podría escuchar a muchas más personas de las que cualquier legislador consigue recibir en su despacho.

Hay algo valioso en esa promesa: sentir que nuestra opinión podría llegar hasta el lugar donde se decide.

Aunque enseguida aparece una dificultad. Leer mucho no garantiza comprender bien. Un sistema también puede equivocarse, pasar por alto algo importante o presentar con mucha seguridad una conclusión que no se sostiene. La velocidad sería una ventaja; seguiríamos necesitando maneras de comprobar su trabajo.

Y después viene la pregunta que más me inquieta: ¿quién le enseñó a decidir?

Alguien eligió la información con la que aprendió. Alguien definió qué debía priorizar, qué resultados considerar aceptables y cuáles evitar. Alguien tendrá la posibilidad de actualizarlo.

Podríamos mirar una pantalla y sentir que, por fin, desaparecieron los intereses personales. Sin embargo, detrás de esa respuesta seguirían existiendo decisiones humanas. Algunas estarían a la vista. Otras quizá resultarían más difíciles de reconocer que las lealtades de un político.

Una máquina no necesita recibir un sobre para que su decisión favorezca a alguien. Puede alcanzar con que quien la configura decida qué información mostrarle y cuál dejar afuera.

Eso me lleva a pensar en una frase que parece resolverlo todo: buscar el bienestar de la mayoría.

Suena razonable hasta que intentamos precisar qué significa. Una medida puede mejorar un promedio y dejar a un pueblo entero sin trabajo. Puede reducir un gasto y volver mucho más difícil la vida de quienes dependían de él. Puede ofrecer un beneficio dentro de diez años y exigir un sacrificio que algunas familias no están en condiciones de hacer hoy.

¿Qué debería pesar más?

Podemos pedir ayuda para estimar las consecuencias. Pero decidir qué estamos dispuestos a aceptar exige hablar de valores, de derechos y de responsabilidades. También exige escuchar a quien va a pagar el costo de una decisión que a otros les resulta conveniente.

Pienso en esa persona que sale de una reunión con sus representantes sintiendo que, al menos, alguien entendió lo que le pasa. Tal vez no consiguió lo que pedía. Tal vez sigue en desacuerdo. Pero pudo contar su situación, discutir una respuesta, pedir una explicación.

Esa experiencia también forma parte de la política.

Una inteligencia artificial podría describir con precisión lo que significa cerrar una escuela. No tendría un hijo que deba viajar dos horas más cada mañana. Podría calcular el efecto de la inflación sin llegar nunca a fin de mes. Esa distancia no invalida su ayuda, pero me hace dudar de cuánto conviene entregarle.

Claro que un representante humano tampoco vive necesariamente como quienes lo votaron. Algunos están muy lejos de sus dificultades. Por eso la condición humana, por sí sola, tampoco alcanza. Hace falta que alguien responda por lo que decide y que podamos exigirle algo más que una explicación convincente.

Con un representante artificial, esa responsabilidad podría volverse confusa. Ante un error, el proveedor señalaría la configuración; quienes lo configuraron, los datos; quienes lo eligieron, la recomendación técnica. Nosotros seguiríamos viviendo con las consecuencias.

También habría que protegerlo de quienes quisieran manipularlo. Y distinguir entre una explicación que suena bien y una que realmente permite revisar cómo se llegó a una decisión. Publicar una respuesta no vuelve transparente, por sí solo, todo lo que ocurrió antes.

Por eso me resulta más interesante imaginar a la inteligencia artificial trabajando junto a nuestros representantes y al alcance de los ciudadanos.

Ayudándonos a entender qué cambia una ley. Señalando una contradicción. Comparando una promesa con una votación. Mostrando qué consecuencias se estimaron y cuáles siguen siendo inciertas. Dándonos elementos para hacer preguntas que hoy muchas veces no sabemos cómo formular.

Quizá ahí haya una oportunidad bastante concreta: que entender lo que se decide en nuestro nombre deje de exigir tanto tiempo, tantos conocimientos y tanta paciencia.

Vuelvo a la escena del principio. Las ochocientas páginas siguen sobre la mesa. Hay una votación cerca y decisiones que van a afectar a personas que nunca entraron a ese recinto.

Me gustaría que quienes levantan la mano tuvieran mejores herramientas para saber qué están haciendo. También que nosotros pudiéramos entenderlo y pedirles cuentas.

Pero me queda dando vueltas aquella primera tentación. La rapidez con la que imaginamos que una máquina podría representarnos mejor.

Tal vez haya cansancio en esa idea. La esperanza de encontrar a alguien que escuche, que haga su trabajo, que pueda explicar por qué decidió lo que decidió.

Son expectativas bastante modestas para algo tan importante.

Me pregunto en qué momento empezaron a parecernos más fáciles de pedirle a una máquina.

Christian Ruggeri