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Nota de autor / Inteligencia artificial, atención y libertad

Los que van a elegir no usarla

Si cada vez podemos delegar más en la inteligencia artificial, elegir qué seguir haciendo nosotros se vuelve una pregunta íntima. Y que la atención humana llegue a ser un lujo debería preocuparnos.

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Las ideas y los textos son míos. En pantalla, mi avatar digital. La voz es una réplica de mi propia voz, creada con inteligencia artificial.

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Imaginate un restaurante dentro de diez años. En la puerta, junto al menú, una placa pequeña: «Atendido íntegramente por personas». El mozo se confunde con un pedido. La cocinera cambia el plato del día porque esa mañana encontró algo mejor en el mercado. Alguien se acerca a tu mesa, te pregunta cómo estuvo la comida y espera la respuesta. Es uno de los restaurantes más caros del barrio. Tiene lista de espera.

Vengo dándole vueltas a esa escena. Me interesa lo que estaríamos comprando al sentarnos ahí. La comida, por supuesto. También el tiempo de alguien que decidió ocuparse de nosotros durante un rato. Algo tan cotidiano que hoy puede pasar inadvertido y que, en ciertas circunstancias, podría volverse excepcional.

A medida que la inteligencia artificial se haga cargo de más tareas, es posible que algunas cosas hechas por personas adquieran otro valor. La posibilidad me entusiasma y me incomoda a la vez.

Pienso en las velas. Seguimos encendiéndolas aunque tengamos luz eléctrica. Pienso en quien elige un disco de vinilo, lo saca de la funda y se queda escuchando un lado entero, pudiendo acceder a una canción en segundos. O en quien amasa un pan y espera varias horas antes de llevarlo al horno. Hay una relación con el tiempo en esas elecciones. La demora forma parte de lo que se busca.

Eso no significa que todo lo artesanal vaya a convertirse en lujo. Pero me ayuda a imaginar un futuro en el que la facilidad para obtener un resultado nos haga prestar más atención a cómo se produjo, quién estuvo ahí y qué decidió poner de sí.

Con la inteligencia artificial, esa pregunta entra en lugares mucho más íntimos que una cocina o una colección de discos. Podemos delegar un mensaje, una explicación, la búsqueda de una idea, parte de una decisión. Cada vez cuesta menos conseguir palabras adecuadas para una ocasión. Me pregunto qué va a pasar con el valor que le damos al esfuerzo de encontrarlas.

Una carta torpe puede conmoverme porque conozco a quien la escribió. Sé cuánto le cuesta decir ciertas cosas. Puedo reconocerlo en una repetición, en una frase que dejó a mitad de camino. Si otra persona me entrega el mismo texto, las mismas palabras pueden significar bastante menos. Una parte de lo que recibimos depende de quién se tomó el trabajo de estar ahí.

No estoy defendiendo el error por el error mismo. Cuando una herramienta ayuda a evitar una equivocación importante, quiero que esa ayuda exista. Tampoco creo que usar inteligencia artificial borre automáticamente la intención de quien la usa. La pregunta que me interesa aparece un poco después: cuánto de nuestra participación estamos dispuestos a conservar cuando ya no sea indispensable para obtener un buen resultado.

Podrían aparecer sellos, promesas, nuevas formas de cobrar por esa diferencia. Un hotel que ofrezca hablar con alguien que conoce el barrio. Un servicio que garantice una persona responsable de acompañarte hasta resolver el problema. Una escuela que destaque el tiempo que sus maestros pueden dedicarle a cada alumno. La presencia humana convertida en una prestación especial.

Ahí la imagen del restaurante empieza a perder su encanto.

Porque si escuchar, enseñar o acompañar se vuelve demasiado caro, la posibilidad de encontrarse con otra persona podría depender cada vez más de cuánto puede pagar uno. Imagino servicios automatizados accesibles y, detrás de otra puerta, personas con tiempo para quienes puedan costearlas. Es un riesgo que me cuesta mirar con tranquilidad.

La tecnología también puede acercar ayuda a quienes hoy no la tienen. Puede aliviar tareas y dejar más tiempo para atender mejor. Ese futuro me parece deseable. Precisamente por eso creo que vale la pena discutir qué hacemos con el tiempo que libera. Podemos dedicarlo a estar más presentes o usarlo para reducir todavía más el contacto. Hay decisiones nuestras en esa diferencia.

Después están los que van a elegir no usarla. Quizá en una actividad, en un vínculo, durante algunas horas. Personas que conocen la herramienta y deciden reservarse una parte del trabajo. Un escritor que quiere atravesar por su cuenta la dificultad de una página. Alguien que cocina para sus amigos aunque le resulte más fácil pedir. Una familia que deja los teléfonos lejos de la mesa y acepta que la conversación tenga silencios.

Me interesa esa libertad. Poder usar algo también debería incluir la posibilidad de dejarlo a un lado, sin que cada renuncia necesite una explicación. Hay cosas que hacemos para llegar a un resultado y cosas que nos van formando mientras las hacemos. A veces son la misma actividad.

Escribir, por ejemplo, puede servir para descubrir lo que uno piensa. Si recibo una respuesta bien ordenada demasiado pronto, quizá me ahorre una hora. También podría perderme la idea que iba a aparecer después de escribir tres párrafos malos. Me resulta difícil medir esa pérdida, justamente porque nunca llegaría a conocerla.

Con los proyectos pasa algo parecido. La dificultad de empezar, equivocarse y volver sobre lo hecho nos obliga a desarrollar un criterio. Me gustaría que la ayuda de una herramienta ampliara ese aprendizaje. Para que ocurra, necesito seguir haciendo preguntas y asumir las decisiones, incluso cuando sería cómodo aceptar la primera solución disponible.

No imagino una vida sin inteligencia artificial. La uso, me interesa y escribo sobre lo que está cambiando en nosotros. Desde ese lugar me hago esta pregunta. Quiero poder reconocer cuándo me está ayudando a participar más de mi vida y cuándo estoy empezando a retirarme de ella por comodidad.

Tal vez el gesto más valioso sea elegir, con algo de atención, qué queremos seguir haciendo. Una conversación difícil. Unas páginas. Una comida. Escuchar a alguien sin preparar de inmediato una respuesta. Actividades que nos piden tiempo y que, por eso mismo, dicen algo sobre a quién o a qué se lo damos.

Vuelvo al restaurante de la placa. Ojalá dentro de diez años podamos disfrutar de todas las ayudas que hoy apenas imaginamos. También quisiera que sentarse frente a una persona dispuesta a escucharnos siguiera siendo una experiencia al alcance de cualquiera.

Mientras tanto, la pregunta me queda cerca. De todo lo que voy a poder delegar, ¿qué quiero seguir haciendo yo? ¿A quién quiero darle mi tiempo, incluso cuando exista una manera más rápida de resolver las cosas?

Puede que el lujo del futuro tenga algo de eso: alguien que podría estar en otra parte y elige quedarse, prestando atención. Me gustaría que no tuviéramos que volvernos escasos para aprender a valorarlo.

Christian Ruggeri