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Nota de autor / Memoria, generaciones e inteligencia artificial

La última generación que recuerda el mundo sin IA

Recordamos cómo se sentía esperar una respuesta, perderse o aburrirse sin tener una pantalla a mano. Contarlo puede darles a los que vienen algo más útil que la nostalgia: un punto de comparación para elegir.

Pienso en esas discusiones de asado que podían durar media hora porque nadie se ponía de acuerdo sobre quién había hecho un gol. Uno estaba seguro. Otro juraba que había sido en un partido distinto. Un tercero se levantaba para imitar la jugada. La duda daba para una sobremesa entera. Hoy alguien saca el teléfono, encuentra el dato y la conversación sigue por otro lado. Ganamos una respuesta. A veces me pregunto qué pasó con todo lo que hacíamos mientras no la teníamos.

Quienes crecimos antes de internet y llegamos a la vida adulta antes de conversar con una inteligencia artificial tenemos varios mundos guardados en la memoria. El de la enciclopedia abierta para hacer un trabajo práctico. El del mapa de papel que nunca se dejaba doblar como antes. El de esperar algo sin poder averiguar a cada minuto cuánto faltaba.

Cuando pienso en la última generación que recuerda el mundo sin IA, pienso en esa condición de testigos. En quienes podemos comparar una parte importante de nuestra vida con esta nueva costumbre de pedirle a una máquina que nos ayude a escribir, pensar o decidir. Ese cambio llega a ritmos distintos y no borra de golpe las formas anteriores de vivir. Pero ya está modificando lo que damos por sentado.

Me acuerdo del lugar que tenía el aburrimiento. Una tarde podía hacerse larguísima. No siempre salía de ahí una gran idea: muchas veces uno simplemente se aburría. Otras veces, después de protestar un rato, inventaba un juego, buscaba un cuaderno o terminaba conversando con alguien a quien no había pensado escuchar.

Ahora puedo llenar ese hueco casi sin advertirlo. Tengo el teléfono cerca y alcanza con mover un dedo. El aburrimiento sigue existiendo, por supuesto; lo que cambió es la facilidad para interrumpirlo. A veces me pregunto cuántas cosas no llego a pensar porque me apuro a ocupar el espacio donde podrían haber aparecido.

Perderse también tenía su procedimiento. Había que admitir que uno no sabía dónde estaba, bajar la ventanilla, preguntar. Un desconocido señalaba una esquina y decía «después del puente, a la derecha», como si el puente fuera imposible de confundir. Por unos minutos, la orientación dependía de una conversación.

Uso la ayuda que tenemos hoy y agradezco llegar a destino. Tampoco idealizo una dirección mal anotada ni el tiempo perdido dando vueltas. Pero recuerdo que algunos desvíos traían algo inesperado: un lugar, una charla, una historia para contar al llegar. Esa posibilidad todavía está ahí. Lo que cambió es cuánto margen le dejamos.

La experiencia más difícil de explicar quizá sea la de quedarse sin saber. Tener una pregunta y llevarla durante días. Buscar un libro, acordarse de alguien que podía entender del tema, esperar a encontrarlo. La respuesta llegaba mezclada con la historia de haberla buscado, y esa historia también formaba parte de lo que aprendíamos.

Hoy puedo conseguir una explicación en segundos y seguir haciendo preguntas. Es extraordinario. La rapidez, sin embargo, puede hacerme confundir una respuesta disponible con una idea que ya entendí. Me pasa que tengo que detenerme y volver sobre algo, probarlo con mis palabras, descubrir qué parte todavía no me cierra. Ese trabajo sigue siendo mío, aunque nadie me obligue a hacerlo.

Muchas de estas transformaciones empezaron antes de la IA, con internet, el GPS y los teléfonos. Las junto porque se fueron acumulando en una misma vida. Primero cambió el acceso a la información; ahora puedo conversar con una herramienta que me propone cómo ordenarla, qué conclusión sacar, qué decir después. Ahí siento que la pregunta se vuelve más íntima.

Cuando escribo, por ejemplo, hay un momento en que todavía no sé qué pienso. La frase sale mal, la borro, vuelvo. A veces descubro lo que quería decir mientras intento decirlo. Tener una propuesta inmediata puede ayudarme mucho. También puede hacer que abandone demasiado pronto una búsqueda que necesitaba recorrer. Me interesa aprender a reconocer la diferencia.

Nada de esto convierte nuestra infancia en una época superior. También había preguntas que quedaban sin respuesta por falta de acceso, oportunidades que no llegaban y distancias difíciles de salvar. Sería injusto pedirles a los que vienen que renuncien a una posibilidad solo porque nosotros no la tuvimos.

Además, hay algo bastante cómodo en extrañar el mundo lento con todas las ventajas del mundo instantáneo a mano. Puedo añorar una carta mientras agradezco hablar con alguien que está lejos. Las dos cosas pueden convivir. El problema aparece cuando uso mi recuerdo como medida de todo lo que debería valer para los demás.

Prefiero pensar qué podemos transmitir. Los archivos van a conservar una enorme cantidad de información sobre cómo era la vida antes de estas herramientas. Habrá fotos, películas, cartas y testimonios. Pero una cosa es saber que un disco tardaba un mes en llegar y otra escuchar a alguien contar qué hacía durante ese mes, cuántas veces preguntaba por él y cómo sonaba la primera canción después de tanta espera.

En muchas familias, los relatos de quienes vinieron antes nos acercaron a lugares que nunca conocimos. Un viaje en barco, una casa que ya no existe, la primera noche en una ciudad. A veces recordamos un detalle mínimo de esas historias y, gracias a él, una persona deja de ser solamente un nombre en una foto.

Nos toca hacer algo parecido. Contar qué se sentía al esperar un llamado que no tenía aviso de llegada. Cómo se buscaba a un amigo. Qué hacíamos una tarde sin planes. Cómo una discusión podía continuar sin que nadie pudiera cerrarla mostrando una pantalla. Esas escenas dicen algo sobre el tiempo, la atención y la manera en que nos necesitábamos.

También vale contar las incomodidades. La espera podía ser angustiante. Perderse podía dar miedo. No saber podía dejarnos afuera. Si vamos a transmitir una experiencia, conviene que tenga todas sus partes. Los que escuchan merecen algo más que una versión embellecida de nuestra juventud.

Un chico que escucha que alguien fue feliz sin respuestas instantáneas incorpora una posibilidad. Puede elegir seguir usando todas las herramientas a su alcance. Pero sabe que dejar una pregunta abierta un rato no necesariamente significa que algo esté funcionando mal. Tiene con qué comparar. Y esa comparación puede darle un poco más de libertad.

Me gustaría que guardáramos más de esas conversaciones. Grabar a nuestros padres, si quieren, contando cómo se conocieron. Escribir una escena que todavía podemos recordar con claridad. Dejar que los hijos pregunten lo que a nosotros ya nos parece obvio. Muchas veces lo que más les sorprende es justamente lo que habríamos omitido.

Y también podemos transmitirlo haciendo lugar para vivirlo hoy. Una charla sin apuro por buscar el dato. Un rato sin llenar cada silencio. El intento de escribir una página antes de pedir ayuda. Son pequeñas decisiones que siguen disponibles, aun dentro de un mundo que ofrece atajos a cada paso.

Los que vienen van a tener sus propios descubrimientos, sus propias pérdidas y sus historias para contar. Nosotros podemos dejarles las nuestras. Me gusta imaginar que, en algún momento, alguien encuentre una frase nuestra y reconozca en ella una experiencia que creía ajena.

La memoria de una persona no se hereda sola. Hay que encontrar un rato, sentarse y contar. Tal vez esa sea una de las cosas más sencillas que todavía podemos hacer por el futuro: dejarle algo de cómo se sentía estar acá.

Christian Ruggeri