Nota de autor / Inteligencia artificial, crianza y vínculo familiar
La primera pregunta ya no es para vos
Un día, tu hijo tiene una duda sobre el cuerpo, el amor o la muerte y ya no viene a preguntarte a vos. No estamos perdiendo a nuestros hijos frente a las máquinas; estamos perdiendo, en silencio, el lugar de ser consultados.
Hay un momento que casi ningún padre registra cuando pasa. No suena ninguna alarma ni queda una fecha para recordar. Simplemente, un día, tu hijo tiene una duda, sobre el cuerpo, sobre el amor, sobre la muerte, sobre por qué el mundo es como es, y no viene a preguntarte a vos. Se la hace a la inteligencia artificial.
No lo hace por falta de cariño, ni porque no te quiera o no confíe en vos. Lo hace porque la IA está ahí a las dos de la mañana, no se cansa, no lo juzga y no le dice “después hablamos”. Tampoco pone esa cara que ponemos los padres cuando una pregunta nos incomoda, esa mezcla de sorpresa y miedo que los chicos leen mejor que cualquier palabra.
Durante toda la historia de la humanidad, los padres fuimos el primer buscador. Por eso los “¿por qué?” infinitos de los tres años nos agotaban: éramos la única fuente. ¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué se murió el abuelo? ¿Por qué vos no llorás? Muchas veces no sabíamos qué contestar, e inventábamos, improvisábamos o decíamos “porque sí”. Pero estábamos ahí, y en ese ida y vuelta imperfecto se construía algo que no tenía que ver con la información: se construía el vínculo.
Después vinieron los libros, los amigos del colegio, la enciclopedia, internet. Cada uno le sacó un pedacito a ese lugar. Pero la primera pregunta, la más frágil, la que da vergüenza hacer en voz alta, casi siempre terminaba llegando a casa. Tarde o temprano, en la cena, en el auto, antes de dormir.
Eso está cambiando en silencio.
Pensalo así. Tu hija de catorce años se siente sola y no sabe cómo decirlo. Antes tenía dos opciones: guardárselo o buscar a alguien. Hoy tiene una tercera, que es escribírselo a una inteligencia que le va a responder con paciencia, con palabras justas, sin apuro. Probablemente le dé buenos consejos. Probablemente la ayude. Y vos no te vas a enterar nunca de que esa noche existió.
En La Gran Migración sostengo que no estamos perdiendo a nuestros hijos frente a las máquinas. Esa es la versión exagerada, la de las películas. Estamos perdiendo algo más sutil y, por eso mismo, más peligroso: el lugar de ser consultados. El lugar de ser la persona a la que se acude cuando algo duele.
Y ese lugar no se reclama con prohibiciones. No se recupera sacándoles el celular ni instalando controles parentales. Se reclama siendo alguien a quien vale la pena preguntarle.
La IA puede dar la respuesta correcta, y muchas veces la da mejor que nosotros. Lo que no puede dar es lo que viene pegado a la respuesta de un padre: la historia de cuando a vos te pasó lo mismo a su edad, el silencio compartido, el abrazo en el medio de la frase, la mirada que dice “no estás solo con esto”. Tampoco puede equivocarse con amor, que es quizás lo más humano que tenemos para enseñar.
No escribo esto desde la nostalgia ni desde el miedo. Uso inteligencia artificial todos los días y creo que va a hacer muchísimo bien. Pero toda migración tiene un costo, y el de esta no se paga en trabajos ni en dinero. Se paga en conversaciones que nunca van a ocurrir.
Así que tal vez la pregunta no sea cómo competir con la inteligencia artificial, porque en velocidad y paciencia vamos a perder siempre. La pregunta es otra, más incómoda: cuándo fue la última vez que tu hijo te preguntó algo que no tenía nada que ver con el wifi.
Y si no te acordás, todavía estás a tiempo de preguntarle vos primero.
La Gran Migración / The Great Migration, disponible en Amazon en español e inglés.
Christian Ruggeri
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