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Nota de autor / Experiencias, memoria y cambio

La mañana siguiente

Cómo se vuelve a una vida conocida después de haber descubierto que también podríamos vivir de otra manera. Una reflexión a partir de Cenicienta.

El otro día, mirando TV, me crucé con Cenicienta y empecé a pensar en algo que había aceptado desde chico sin hacerme demasiadas preguntas: la medianoche. Ese horario preciso en el que la magia se termina y hay que salir corriendo. Conocía la escena de memoria. Esta vez me quedé pensando en el regreso.

El hada puede convertir una calabaza en un carruaje, improvisar caballos, inventar un vestido. Tiene recursos bastante extraordinarios. Sin embargo, todo viene con una hora de vencimiento. Cenicienta puede entrar al palacio, bailar, conocer una vida que hasta entonces parecía reservada para otros. Después tiene que volver a su casa.

Siempre había mirado esa parte con la ansiedad de quien espera que la protagonista llegue a tiempo. Ahora me interesó otra cosa: cómo se vuelve a una vida conocida después de haber descubierto que también podríamos vivir de otra manera.

Porque la casa puede seguir igual. Las mismas paredes, las mismas obligaciones, las mismas personas diciéndonos quiénes somos. Pero alcanza con haber vivido algo distinto para que esa descripción empiece a quedarnos incómoda. Uno vuelve y reconoce todo, aunque ya no consigue acomodarse exactamente en el lugar que ocupaba antes.

Creo que algunas experiencias tienen ese efecto. Una conversación en la que nos animamos a decir lo que pensábamos. Un trabajo que nos exige una capacidad que desconocíamos. Un viaje durante el cual sentimos una libertad difícil de explicar cuando regresamos. Por un rato actuamos con una soltura que después, en la rutina, nos cuesta recuperar.

Entonces aparece una duda bastante humana: ¿eso también era yo? ¿O solamente pude ser así porque estaba lejos, porque alguien confió en mí, porque las circunstancias me ayudaban?

Después de más de veinte años construyendo empresas, me interesa especialmente esa relación entre lo que depende del contexto y lo que aprendemos a sostener por nuestra cuenta. Un cargo, una estructura o el respaldo de otros pueden darnos seguridad. Cuando cambian las condiciones, toca averiguar cuánto de esa seguridad logramos hacer propio. A veces descubrimos que era menos de lo que creíamos. Otras, que habíamos aprendido mucho más de lo que nos animábamos a reconocer.

Mirada desde ahí, la vuelta de Cenicienta adquiere otro peso. La noche le permitió ensayar una manera de estar en el mundo. Ahora tiene que encontrar cómo conservar algo de esa experiencia entre las tareas del día siguiente.

Ella ya tenía valor antes de entrar al palacio. Me gusta pensar que el baile le permitió sentirlo sin tener que defenderse a cada momento. Durante unas horas pudo existir fuera de la mirada de quienes la habían reducido a un papel. Haber conocido esa sensación deja una referencia. Aunque después vuelva el miedo, ya hay algo con lo cual comparar.

Y queda el zapato.

Ese detalle del cuento empezó a parecerme más interesante que todo el despliegue del hada. Entre tantas cosas que recuperan su forma anterior, permanece un objeto pequeño, concreto. Algo que se puede tocar a la mañana siguiente, cuando sería tan fácil convencerse de que la noche fue una ilusión.

En nuestra vida esas pruebas suelen ser menos vistosas. Puede quedar una página escrita, una decisión tomada, una conversación que finalmente tuvimos. Algo que nos recuerda que fuimos capaces de actuar de una manera que todavía nos cuesta repetir. Tener esa prueba cerca ayuda cuando la costumbre empieza a discutirnos lo que vivimos.

También pensé en lo rápido que declaramos perdido aquello que terminó. Un proyecto se cierra, una relación cambia, una etapa queda atrás, y hacemos el balance mirando lo que ya no está. Lleva más tiempo reconocer lo que incorporamos: una capacidad, un límite, una pregunta que antes ni siquiera sabíamos formular.

La película siguió hacia su final conocido. Yo me quedé imaginando una escena más modesta: Cenicienta a la mañana siguiente, todavía en su casa, antes de que alguien llegue a buscarla.

El cuento avanza porque el príncipe encuentra el zapato. Pero me interesa esa mujer que todavía no sabe que van a encontrarla y ya tiene que vivir con lo que descubrió.

Me pregunto qué haría con ese conocimiento si nadie golpeara la puerta.

Christian Ruggeri