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Nota de autor / Mentores, proyectos y primeros pasos

La confianza que nos prestan

A veces alguien ve una posibilidad mientras nosotros seguimos haciendo el inventario de nuestras limitaciones. Sobre las personas que nos ayudan a animarnos.

Hay proyectos que empiezan mucho antes de que nos animemos a darles una oportunidad. Un libro que vamos escribiendo de a pedazos. Un viaje que aparece en cada conversación y nunca tiene fecha. Algo que queremos aprender, una forma distinta de vivir, una decisión que venimos postergando. Durante un tiempo, todo eso existe en un lugar bastante cómodo: nuestra imaginación. Ahí todavía podemos hacerlo bien. Ahí todavía nadie puede decirnos que nos equivocamos.

El problema aparece cuando hay que pasar de imaginar a hacer.

Conozco esa demora. La facilidad con la que puedo encontrar una razón sensata para esperar un poco más. Falta tiempo, falta ordenar algunas cosas, falta estar preparado. Cada argumento, por separado, parece razonable. Juntos pueden ocupar años. Y mientras uno se prepara para empezar, la vida sigue ocurriendo.

Vengo pensando en las personas que aparecen en ese momento. Las que escuchan lo que queremos hacer y, en vez de acompañarnos en la explicación de por qué todavía no podemos, nos hacen una pregunta que cambia la conversación.

«¿Qué necesitarías para dar el primer paso?»

Parece poco. Pero hay preguntas que nos dejan sin el refugio de las respuestas que ya teníamos ensayadas.

En las historias, a esas personas las reconocemos enseguida. Merlín junto a Arturo. Gandalf junto a Frodo. Virgilio acompañando a Dante por un territorio que sería imposible recorrer sin ayuda. Les damos el nombre de maestros, guías, mentores. Sabemos que su presencia va a importar, incluso antes de entender de qué manera.

En la vida cotidiana suelen pasar más inadvertidos. No hay música que anuncie su llegada. Puede ser alguien con quien hablamos seguido o una persona que apenas conocemos. Un amigo que lee unas páginas y nos pide las siguientes. Una profesora que toma en serio una inquietud que nosotros presentamos casi pidiendo disculpas. Alguien que ya pasó por una dificultad parecida y se queda el tiempo suficiente para escucharnos.

A veces reconocemos lo que hicieron mucho después.

Cuando pienso en los cambios que una persona puede atravesar, me cuesta imaginarlos completamente en soledad. Incluso las decisiones más íntimas llevan alguna voz ajena. Una conversación, una observación, la confianza de alguien que alcanzó a ver una posibilidad mientras nosotros seguíamos haciendo el inventario de nuestras limitaciones.

Me gusta pensar que, durante un tiempo, esa confianza funciona como algo prestado. La usamos para avanzar hasta que podemos construir la propia.

Con un proyecto pasa algo parecido. Al principio suele ser frágil, difícil de explicar. Nosotros conocemos todo lo que le falta y esa cercanía puede volvernos injustos. Alguien lo mira desde afuera, descubre algo que vale la pena y se toma el trabajo de señalarlo. Después quizá nos diga que hay que empezar de nuevo una parte, estudiar más, cambiar una decisión. Haber creído en nosotros le permite también ser exigente.

Esa combinación me parece valiosa: sentir que alguien espera algo de uno y, al mismo tiempo, que admite nuestros tropiezos.

Porque empujarnos a cambiar requiere cuidado. Hay consejos que llegan demasiado pronto. Hay entusiasmos ajenos que no consideran lo que estamos en condiciones de sostener. Un buen acompañamiento necesita escucharnos lo suficiente para distinguir entre una excusa y un límite verdadero. A veces ayuda a avanzar; otras, a encontrar un paso más pequeño.

Tal vez por eso un mentor puede tener cualquier edad. La experiencia que necesitamos no siempre coincide con los años que alguien lleva vividos. Hay personas más jóvenes que nos devuelven una curiosidad que habíamos perdido. Hay quienes, sin proponérselo, nos enseñan a preguntar de nuevo.

También hay un momento en que ese vínculo cambia. Empezamos a decidir sin consultar cada detalle. Nos apartamos de algún consejo. Descubrimos una manera propia de continuar. Imagino que acompañar bien a alguien incluye aceptar ese momento, incluso cuando toma un camino que nosotros no habríamos elegido.

Me pregunto cuántas veces habré recibido una ayuda así sin agradecerla del todo. Cuántas frases escuchadas al pasar habrán terminado influyendo en una página, en un proyecto, en una decisión que después conté como exclusivamente mía.

Y me pregunto también si alguna vez habré ocupado ese lugar para otra persona sin saberlo.

Quizá alguien nos está contando algo que todavía le cuesta decir en voz alta. Lo presenta como una ocurrencia, le resta importancia, enseguida cambia de tema. Podríamos dejarlo pasar. O podríamos volver sobre eso y pedirle que nos cuente un poco más.

Pienso que algunos cambios empiezan de esa manera: alguien se toma en serio una posibilidad que nosotros todavía nombramos en voz baja.

Después habrá que hacer el trabajo, atravesar las dudas y dar el paso. Pero qué distinta se vuelve esa primera mañana cuando sabemos que hay alguien a quien podemos decirle: «Empecé».

Christian Ruggeri