Nota de autor / Autosabotaje, decisiones y cambio
Esperar a que aclare
Una caminata postergada por la lluvia en Miami abre una pregunta sobre las relaciones, los trabajos y los proyectos que dejamos esperando un momento perfecto.
El otro día, en Miami, estaba por salir a caminar cuando miré por la ventana y vi que el cielo se había puesto oscuro. Agarré el teléfono para consultar el pronóstico. Lluvia. Lo dejé sobre la mesa y pensé que era mejor esperar un rato.
Llovió. Esa lluvia de Miami que parece capaz de terminar con todos los planes del día. Después aflojó y el cielo recuperó algo de luz. Yo seguía adentro.
Para entonces, ya había encontrado otras cosas que hacer. Un mensaje que contestar, algo que leer, una tarea pequeña que de pronto parecía urgente. La lluvia había dejado de ser un impedimento bastante antes de que yo dejara de usarla como explicación.
Me quedé pensando en esa facilidad que tenemos para esperar.
Hay una comodidad particular en tener una buena razón para postergar algo. Nos permite quedarnos donde estamos sin sentir del todo que estamos eligiendo quedarnos. Podemos decirnos que queremos avanzar, que apenas cambien las condiciones vamos a hacerlo. Mientras tanto, la responsabilidad parece estar afuera: en el clima, en el tiempo disponible, en todo eso que todavía falta resolver.
Con una caminata, la consecuencia es bastante modesta. En otras partes de nuestra vida, esa espera puede durar años.
Pienso en una relación en la que empezamos a sentir que ya no queremos estar. A veces lo sabemos mucho antes de poder decirlo. Seguimos compartiendo los días, haciendo planes pequeños, hablando de lo inmediato. La conversación importante queda para después de las vacaciones, para cuando el otro esté mejor, para cuando podamos explicarnos sin lastimar.
Queremos encontrar una forma cuidadosa de irnos. Pero también puede ocurrir que terminemos esperando una separación sin tristeza, sin culpa, sin ninguna pérdida. Una salida que todos comprendan y nadie sufra. Mientras buscamos ese momento, seguimos sosteniendo una vida que cada vez sentimos menos propia.
En un trabajo puede pasar algo parecido. Sabemos que no queremos continuar, que algo de nosotros se apaga en esa rutina. Sin embargo, siempre hay una razón para aguantar un poco más. Que termine el año. Que mejore la situación. Que aparezca una oportunidad suficientemente segura. La pregunta sobre lo que queremos va quedando debajo de otra: cuánto tiempo más podemos soportarlo.
Son decisiones que llevan afectos, responsabilidades y necesidades concretas. Irse puede requerir ahorro, ayuda, conversaciones difíciles, una alternativa que todavía no existe. Preparar una salida también es avanzar. Lo que me inquieta es ese punto en el que dejamos de prepararla y empezamos, simplemente, a acostumbrarnos.
Porque uno puede acostumbrarse incluso a vivir esperando.
Con los proyectos, esa demora suele ser más fácil de disimular. Unas páginas reciben otra corrección. Una idea necesita un poco más de investigación. Podemos mantenernos ocupados durante horas y terminar el día satisfechos con el esfuerzo, aunque aquello que de verdad queríamos hacer siga exactamente donde estaba.
Conozco esa forma de postergar. La capacidad de encontrar un argumento razonable para cada demora. Por separado, todos parecen sensatos. Juntos pueden convertirse en una manera de vivir.
Creo que parte de esa dificultad tiene que ver con lo que una decisión vuelve real. Mientras imaginamos otro camino, todavía podemos hacerlo perfecto. Al elegirlo, aparecen las limitaciones, los errores, las consecuencias. También aparece la posibilidad de extrañar algo de lo que dejamos, incluso estando convencidos de habernos ido.
Tal vez por eso nos cuesta tanto movernos. Queremos una certeza que nos proteja también del arrepentimiento.
Y así seguimos consultando nuestro pronóstico particular. Buscamos una señal, una coincidencia, alguien que nos asegure que va a salir bien. A veces pedimos consejo varias veces sobre lo mismo, esperando escuchar una respuesta que nos permita decidir sin sentir miedo.
Me cuesta la palabra autosabotaje porque suena deliberada, como si una parte de nosotros se dedicara a arruinarnos los planes. Lo que reconozco en mí es más discreto. El miedo puede expresarse con mucha sensatez. Puede hablar de paciencia, de responsabilidad, de esperar un poco más. Escucharlo requiere distinguir cuánto intenta cuidarnos y cuánto está decidiendo por nosotros.
Últimamente me sirve preguntarme qué estoy haciendo durante esa espera. Si estoy reuniendo lo necesario, entendiendo mejor lo que quiero, buscando ayuda. O si solamente estoy dejando pasar los días con la esperanza de que alguien, o algo, tome la decisión en mi lugar.
Volví a mirar por la ventana. La calle estaba mojada. El cielo seguía gris y podía volver a llover. Salí y cerré la puerta detrás de mí.
Las calles del condominio estaban casi vacías, como suelen estar. Se veían pocas personas. Caminé entre las casas, en esa tranquilidad conocida, escuchando el agua que todavía caía de los árboles.
Después de unos minutos volvieron a caer unas gotas. Seguí caminando. Pensé en cuánto tiempo había pasado mirando el cielo y en lo poco que esa lluvia cambiaba ahora mi recorrido.
Hay decisiones que necesitan una preparación mucho mayor que salir a dar una vuelta. Algunas nos cambian la vida y también afectan a otros. Pero aquella tarde pude reconocer, en algo pequeño, una costumbre mía: pedirle al momento una seguridad que difícilmente pudiera darme.
Al volver, marqué el código de la puerta y entré. El cielo todavía no había aclarado.
Yo ya había dado mi vuelta.
Christian Ruggeri